Frío

¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías por qué los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores porque, si no, de qué otra manera iban a evitar que se les congelara la comida?

Amy Hempel, “Razones para vivir” (en concreto, el cuento: El cementerio donde está enterrado Al Jonson)

    Amy Hempel - Razones para vivir
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Milagros

Vicky no podía entender. Vicky era hermosa y cabrona y estaba acostumbrada a cruzar una habitación con paso firme, jalar de los huevos a quien se le antojara y arrojarlo a su cama sin que le sorbiera el seso. Nunca había tenido que esforzarse para tener con quién coger, y eso a él le daba un poco de lástima, así como le daban lástima los que no Saben lo que se siente al ver una gran ciudad por primera vez porque han crecido en ella, o el que no recuerda lo que es sentirse guapo por primera vez, o por primera vez besar a alguien a quien parecería imposible besar; no sabe de milagros.

La transmigración de los cuerpos, Yuri Herrera.

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Vidas paralelas

Cuando llegué mi madre dormía, por lo que saludé a su compañera de habitación y salí al pasillo a preguntar a los señores de verde cómo iba el día. Por lo visto, tenían todas las camas ocupadas y se preveía una noche intensa, así que no los distraje mucho.
Antes de volver a mi habitación, vi que una chica se acercaba. María, mi gran amor frustrado del instituto, había reconocido mi acento francés inmediatamente. Tras la sorpresa inicial y los dos besos de rigor, nos dimos las malas noticias.

– ¿Quién? – Le pregunté.
– Mi madre. ¿Tú?
– Mi madre también.

Por fin tenía a alguien con quien desahogarme. Alguien que, por desgracia, sabía por qué estaba pasando.

– ¿Cómo estás? – Le pregunté.
– Bien, ¿y tú?
– ¿Esa es la respuesta que le das a todo el mundo?
– Es horrible, ¿verdad? ¿A ti también te pasa?
A mí también me pasaba.

– ¿Qué haces cuando la gente te cuenta sus problemas? – Me preguntó.
– ¿Sus gilipolleces, quieres decir?
– ¿Verdad que sí? – Con voz gangosa, siguió: – “Es una mierda, mi jefe no me valora lo suficiente” ¡Qué pena me das!

Asentí. Sabía perfectamente a qué se refería. Entonces me preguntó:

– ¿Tus amigos te apoyan?
– Ya sabes, hacen lo posible para que esté mejor, pero yo lo único que pienso es que soy una carga, que tienen que estar siempre detrás de mí, esforzándose por sacarme una sonrisa que rara vez consiguen. Jamás me había sentido tan egoísta. Pero lo peor son los iluminados.
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Significados

Pobre diablo solitario alias La luz de mis ojos. Pobre mujer expoliada alias Dónde andará. Venganza alias Desquitanza. El Carajo alias No se preocupe usted. Desprecio alias Quién se acuerda. Cuánto miedo alias Yo no sé nada. Cuánto miedo alias Aquí estoy bien. Un hijuelachingada cualquiera, cualquiera, alias Su mero padre. Esto es lo que esperaba alias Ni crean que me la pueden hacer. Verbo desbravado alias La pura verdad.

La transmigración de los cuerpos, Yuri Herrera.

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Atardecer desde el puente de la Barqueta


Con Torre Sevilla (la Torre Pelli) de fondo.

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Malos gustos

Un matrimonio anciano, que vivía en el apartamento contiguo al suyo, se había quejado de que ponía demasiado alto su CD de los Monkees a las tres de la madrugada. Al siguiente fin de semana, la hija de la pareja descubrió a sus padres muertos en la cama, con un tajo que les llegaba desde la ingle hasta la garganta. —Es terrible —comenté—. No puedo creer que todavía haya quien escuche a los Monkees.

Tenemos que hablar de Kevin, Lionel Shriver

Tenemos que hablar de Kevin

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Ritual

Me fascina tanto silencio, tanto orden. Contemplo la pareja escandinava, él pelirrojo, ella rubia, desde mi terraza, a través de dos ventanas que dan a la cocina y al salón. Tras ninguna de ellas se dirigen nunca la palabra. Realizan todos los días la misma rutina: él entra en la amplia cocina, se lava las manos, se coloca un delantal para no ensuciar su estupenda camisa y comienza a preparar la cena, compuesta siempre de una ensalada, unos panecillos variados, una copa de vino blanco y
alguna pieza de fruta. Unos minutos más tarde, ella, con un precioso vestido, hace su aparición en el salón para poner la mesa: mantel bordado, plato llano, plato hondo, copa de cristal, cubertería colocada al milímetro, servilleta de tela cuidadosamente doblada. Me impresiona tal compenetración. Cada uno sabe perfectamente cuál es su cometido y lo realiza con esmero. Adoro verlos dedicar toda su atención como si no existiera nada más importante. Ambos desean que su acompañante disfrute de una cena perfecta. Al finalizar los preparativos, se sientan, uno frente al otro. El ritual de la cena es sorprendente. Degustan la comida con parsimonia, sin dejar de mirarse, sin encender el televisor ni mirar el móvil. Y completamente en silencio. A mí me relaja verlos disfrutar tan tranquilos, ajenos a un mundo cada vez más acelerado.
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El miedo

Así es: el miedo nos ha ido abriendo el camino. El miedo, Marco, recuérdalo, administrado sabiamente es la mejor de las armas, especialmente para manipular a un pueblo inculto e influenciable. Roma tiene, por fin, miedo, el miedo necesario, el miedo justo para tomar decisiones que se deberían haber tomado hace ya tiempo; pero bien, en todo caso, hoy es el día en el que el Senado tomará esas decisiones y tenemos muchos enemigos lejos de Roma o, lamentablemente —el tono, no obstante, desvelaba una indiferencia rayando el sarcasmo—, muertos

Africanus, el hijo del Cónsul. Santiago Posteguillo

Africanus

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Motivos de peso

Sí, ciertamente mucha gente lo piensa. Pero los estudios científicos no lo respaldan. Por eso nos dedicamos a la ciencia, Ted. Para ver si nuestras opiniones pueden verificarse en el mundo real o si son simples fantasías

Estado de miedo, Michael Crichton

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Mala mezcla

—Su intención es buena —comentó. —Y su información mala —añadió Kenner—. Una receta para el desastre

Estado de Miedo, Michael Crichton

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